lunes, 23 de febrero de 2015

Rescatando a Luna






 Mi nombre es Roy, soy taxista. Manejo un Corsa Classic modelo 99’ de Lunes a Lunes, llueva, nieve o truene. Eso si quiero llegar a fin de mes o tener unos pesos extra en mi bolsillo para gastar el fin de semana. Tengo 36 años, de los cuales 17 los he pasado sobre mi nave. Por aquí y por allá donde sea que necesites un aventón. Si estás de juerga y sales borracho o borracha de un bailongo, si acabas de conocer a alguien especial y quieres cogértelo esa misma noche, si tu perro sufrió un accidente y necesitas alguien dispuesto a ensuciar el asiento de atrás con tal de salvarle la vida… espero ser yo quien esté ahí para levantarte. Y no uno de esos degenerados taxistas, ¿sabés de quiénes hablo, no? Los del club: “El sábado por la noche: papita pal’ loro”.

 ¿Papita pal’ loro? Déjame explicarte, los hombres como todos saben no somos nada discretos y tenemos que contar todo lo que hacemos. Es por eso que más de una vez, y después de unos tragos, he oído a mis compañeros hablar de lo bien que se la pasa el sábado por la noche; “Cuando las chicas salen del boliche borrachitas, tambaleándose como una jirafa recién nacida, y se suben a tu taxi”.
 Más de una está dispuesta a pagarte el viaje con sexo, borracha o no. Pero siempre estará la damisela en apuros, esa nena que no quiere saber nada de pagar el viaje con una lamida de huevos ¡Ni hablar! Ella tiene dinero, pero se peleó con sus amigas, con su novio, o sintió un malestar y desea volver a casa de inmediato. Lástima, le toco subir a tu taxi y se te ocurren mas de una forma de pagar el viaje, no hace falta dinero.

 Así que ahí estaba Luna, una chica de 15 años en el asiento trasero de un taxi, cruzando los dedos, de seguro, para que su chofer no la obligara a nada que fuera contra su voluntad. El taxista trabajaba para otra empresa, no lo había visto nunca, el logo era de otra ciudad, como vi en la puerta de su automóvil. El auto estaba estacionado en una estación de servicio de la ruta 9 con Luna en la parte de atrás. Yo había ido a comprar un par de cigarrillos, porque en “spektro” el bar que suelo frecuentar, sólo les quedaban Philip Morris mentolados. El otro taxista salía del almacén, justo cuando yo entraba. Su rostro carecía de expresión, pero yo sabía que ocultaba una sonrisa, y caminaba con aire triunfal hacía su nave.
 Supe que debía seguirlo, ando bastante paranoico desde que escuche aquella conversación escapar de los labios de mis compañeros de trabajo.


 “Papita pal’ loro”.
 Sábados por la noche.
 Borrachitas, tambaleándose como una jirafa recién nacida.
…Suben a tu taxi.”


 Me apuré en comprar mis cigarros y con toda la discreción que me fue posible subí a mi taxi. Él arrancó el motor y se fue por la ruta en dirección a los barrios más alejados del centro de la ciudad. Yo dejé que se alejara unos metros y entonces comencé a seguirlos.
 Todo parecía muy normal, hasta que nos acercamos a un cruce. La ruta seguía derecho, pero a la izquierda habían tres caminos de tierra diferentes, dos de ellos llevaban hacía uno de los grandes barrios bajos. El tercero, hacía un estacionamiento de colectivos ahora abandonado. Era de una empresa que quebró cuando surgieron los “taxis compartidos” en esta ciudad. Una gran idea por cierto.
 Yo los seguía a una buena distancia. Por eso no logré ver cual fue el camino que tomó, pero por supuesto, si mis sospechas eran ciertas, él tomaría el que llevaba al estacionamiento en ruinas y…

 De repente, miedo y asco revolvieron mi estomago, y con una terrible fuerza centrifuga se mezclaron junto con toda la porquería que había comido durante el día, convirtiéndose en furia. Aceleré a fondo.

 Cuando llegué al lugar no logré ver nada más que el gran estacionamiento a una distancia de 2 cuadras pequeñas, con un par de vidrios rotos en las ventanas más altas, pero aún intacto, aunque cerrado por todas partes. Lo rodeaba un muro de piedra, de modo que no podía ver su taxi, si es que habían ido para ahí.
 Me acerque disminuyendo la velocidad, aunque no demasiado. Daba igual, el corsa era viejo y hacía bastante ruido al andar. Entre al estacionamiento sorteando un par de baches, mientras buscaba el revolver en el asiento del acompañante.
 Las huellas que las llantas habían dejado en la tierra del lugar me llevaron por detrás del estacionamiento. Al dar vuelta en la esquina, encontré el auto. A través del parabrisas se veían dos piernas sacudiéndose en el aire. Yo había estado en lo cierto todo el tiempo.
 Me bajé tan rápido como pude de mi nave y empuñando mi revolver le grité: ¡Salí del auto ahora mismo degenerado de mierda!- Una silueta emergió para dejarse ver a través del parabrisas. Yo aún estaba a una distancia considerable de su automóvil, por lo que intentó poner en marcha el motor y darse a la fuga. Pero en seguida corrí hacia la ventanilla del conductor y antes de que encontrara las llaves ya le estaba apuntando con mi revolver, listo para agujerearle la cabeza.

-¡Bueno, hombre, sacá eso de mi cara!- miró mi coche y supo que yo también era taxista, luego añadió: - Entre bomberos no nos vamos a pisar la manguera, amigo- sonriendo con picardía, haciéndose el canchero, como diría mi padre.
- Salí del auto, la puta que te parió. ¡Ahora vas a ver, hijo de mil puta!
 En eso, escuché un gemido proveniente del asiento trasero, caí en la cuenta de que lo mejor era asegurarme de que la chica estaba bien.
 Luna estaba tirada de espaldas en el asiento trasero, sin su pantalón y muy, muy borracha. Ni siquiera parecía consciente de lo que había pasado entre sus piernas.

-Si querés te espero por allá, mientras le echas un polvo y asunto arreglado- Me dijo el degenerado, señalando la pared del estacionamiento. Podía sentir el miedo dentro suyo- Dale, cumpita, está buenísima la pendeja. Echale un polvo mientras voy a mear.-

 Esta última frase acabó con mi paciencia. Lo golpeé con la culata de mi arma y abrí la puerta de su auto para sacarlo. Él largó un grito de dolor y se llevó las manos a su  rostro, pues le había acertado en la nariz.
- Ahora vas a ver, viejo degenerado-
- ¡Pará, boludo! ¡Mi nariz!

 A continuación, estiré mi brazo para tomarlo por la solapa y tiré con toda mi fuerza. El tipo cayó sobre sus rodillas, fuera del auto, y con una mano todavía en la cara, entonces aproveché para darle una patada en los riñones. Luego otra, y otra más.-¡Viejo de mierda, hijo de puta, asqueroso!-
 Él largaba gritos y suplicaba: -¡Pará, pará! ¡Tengo mucha guita en el taxi, llevate todo!-
 A todo esto, la niña ya iba “rescatándose”, es decir, iba tomando conciencia de lo que ocurría a su alrededor. Y de lo que había ocurrido antes de que yo llegara…

 Un grito cortó el aire, y la tierra que se levantaba en el estacionamiento al patear aquel saco de ideas sucias. Era Luna, pidiendo ayuda y lanzándose a correr hacía la entrada del muro.
 Entonces dejé de patear al viejo, que ya casi ni fuerzas tenía para gritar y corrí tras Luna gritándole: -¡Eh! ¡No te voy a hacer nada!- Pero ella no se detendría, por supuesto que no. La pobre había entrado en pánico.
 Logré alcanzarla y hacer que se detuviera, a la fuerza, claro -¡Pará, no te voy a hacer daño! Tranquila, tranquila. Vine a ayudarte.-
- ¿Quienes son ustedes dos?. No me acuerdo bien de… - Entonces, vomitó sobre mis zapatos. Había estado ebria todo el tiempo, y así el viejo había conseguido llevarla a tan sospechoso lugar. Ella no tenía idea de por donde la llevaban, sólo que iba sentada sobre un sillón mágico que avanzaba y avanzaba por la infinita carretera y tarde o temprano llegaría a su casa.
 - Vení, subite a mi taxi y nos vamos para la policía-
 -¡No! ¿Sos boludo vos? Mirá como estoy- Me contestó, mientras miraba sus desnudas piernas y comenzaba a sollozar. Me partió el corazón el no haber llegado a tiempo. Sólo se me ocurrió quitarme la campera y dársela para que se tapara mientras iba a buscar su pantalón.
 -Andá para mi taxi, está por allá. Yo voy a traer tu ropa- le dije. Ella dudo por un momento, pero luego de ver que estábamos en un lugar bastante desolado, resolvió confiar en mí. No le quedaba de otra.

Pasé junto al otro taxista. Aun seguía en el suelo y se arrastraba intentando volver a su taxi. Tomé el pantalón de Luna del asiento trasero y antes de volver me detuve para decirle: - Tenés suerte de que ella no quiera ir con la policía. Sé que no sos de acá, así que volvé ahora mismo para tu pueblo de mierda porque si te veo de nuevo por acá te mato, hijo de puta, ¿entendés?
 Él largó un quejido y me respondió; -Matame ahora, porque voy a volver y te voy a violar a vos esta vez, pendejo.-
 -¿Pendejo?– Le contesté, arqueando las cejas como Robert de Niro en Taxi Driver

“You talkin’ to me?”.

 Y después le propiné un puntapié, un último y hermoso puntapié en la mandíbula. El tipo quedó inconsciente, dándome el tiempo necesario para salir de ahí sin ser perseguido.


 -Mirá, no tengo idea de que tan jodido es por lo que estás pasando, ehm, ¿cómo es tu nombre?- Le pregunté, ya en el taxi y de camino a la ciudad, a mi doncella recién rescatada. No a tiempo, pero rescatada, al fin y al cabo.
 Ella seguía sollozando, y lo siguió haciendo durante unos minutos más, sin responderme. Cuando llegábamos a la autopista y entrabamos a la ciudad volví a insistir: -No llorés, bonita. Conozco un buen bar a donde vamos los más desdichados.
- Me llamo Luna- me dijo, levantando la cabeza e intentando sonreír. Tenía sus negros cabellos pegados por los costados a las húmedas mejillas. Sus ojos, negros también, estaban irritados y sus labios resecos.- Gracias, señor. Puede decirme ¿qué hora es?
- 3:50 a.m. Si nos apuramos, llegamos a ver la función de “Lobizones”- Le dije, sonriendo. Ella me miró extrañada. Pero volvió a intentar sonreír, ésta vez con un poco más de éxito.




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