lunes, 2 de marzo de 2015

Cena






  El día de mi cumpleaños organicé una cena. Invité a todos mis problemas, eso incluye mis enfermedades.
 Así que estábamos sentados a la mesa, por comer el postre. Entonces, mi estúpida enfermedad levanta la mano y dice: -Un segundo, no puedo comer helado, lo sabes bien.
 Yo la miré con profundo odio, no me molesto en disimular. Ni en mentir. Aunque no le contesté, tampoco probé bocado de aquel delicioso postre.

 Cuando estaba por escuchar a todo volumen el disco que me regalaron; el oído bueno (el único que me queda) se levantó diciendo: -Baja el volumen, ¡por Dios! ¿Acaso quieres que nos quedemos sordos?

 Después se sumaron; mi soledad, mi baja autoestima y… Los otros temores.

 Todos tiraban su latigazo de negatividad, todos se enroscaban como un resorte comprimido para saltar en el momento menos oportuno, uno detrás del otro, recordándome mis defectos.
 Intentan detenerme. Intentan. Pero no lo lograrán.

 Mi rostro luce muy triste. Pero que sepan que yo no me rindo. Tengo mis sueños y aunque mi cuerpo vaya deteriorándose y la pereza se levante una y otra vez, para oponer resistencia yo sigo adelante. Ahora, abro una lata de jugo, tomo pequeños sorbitos mientras pienso…

 Tengo todas las de perder. Pero nada que perder. ¡Asi que adelante! Este año cosas buenas me ocurrirán. Este año estoy aprendiendo a cocinar. El próximo año planeo dejar el país. Tengo un itinerario bastante extenso, hay un mundo allá afuera, y no quiero morirme sin ver las cosas que me interesan. ¿Has oído hablar de “La isla de las muñecas en México”?


                                                                                                              Lo veré este fin de semana, Don.
                                                                                                                                                      Ludwig.



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