Un viernes por la
noche llovió sobremanera. Por ende la clientela escaseó. Aunque sólo de
clientes casuales. Porque los de siempre no tardarían en llegar. Nunca fallan.
Ludwig había venido
temprano ese viernes. Se sentó a la barra y compartimos una cerveza. Mientras
bebíamos (siempre a tu salud, querido lector) nos hacíamos las preguntas que ya
eran comunes en nuestras conversaciones; ¿qué libro has leído esta semana? ¿has
escrito algo nuevo? ¿has tenido alguna cita? ¿cómo va el trabajo?.
Ludwig es un poeta
aficionado. Me contó que una vez lo llamaron Romeo barato, yo me reí. Él es muy
sensible, por eso en seguida cambié de tema.
- ¿Qué te parece si contrato al servicio de internet? Así tenemos wi fi en el
bar.
- No estaría nada mal. De esa manera podrías abrir un café por la tarde.
- ¡Excelente idea, Ludwig! Siempre quise mi propio café. ¿Vos trabajaste de mozo en tu adolescencia, verdad? Podrías venir a atender el café por las tardes. ¿Qué tal marchan los estudios?- Ludwig está a punto de graduarse.
- Todo marcha de diez, gracias por preguntar. Y sí, sabés que me vendría genial un trabajo los fines de semana.
En ese instante, entró una mujer al bar. Cerró su sombrilla y miró hacia las mesas, todas vacías. Para mi sorpresa esto pareció alegrarla más que decepcionarla. Se sentó junto a Ludwig y yo le pregunté que iba a tomar, mientras le echaba una mirada a lo que traía puesto; llevaba una campera de jean desgastada y unos pantalones vaqueros. Combinaban bien con su cabello castaño y sus ojos cafés. Tenía el cabello corto y ligeramente ondulado. Sus zapatillas de gamuza estaban embarradas.
- Buenas noches. Me gustaría tomar un vaso de gancia con sprite.
- Al instante, señorita- le conteste, al tiempo que miraba de reojo a Ludwig. Por la expresión de su rostro supe que se estaba enamorando. Tal vez el fin de semana próximo vendría con un nuevo poema. Olvidé mencionar lo ingenuo y enamoradizo que es este muchacho.
La noche que lo conocí estaba algo deprimido. Caminaba por las calles desamparado cuando hoyó el solo de “Crazy train” flotando en el aire. Provenía de mi bar. El cartel rezaba: “Esta noche Karaoke metalero”. Decidió entrar y tomarse unos tragos.
- No estaría nada mal. De esa manera podrías abrir un café por la tarde.
- ¡Excelente idea, Ludwig! Siempre quise mi propio café. ¿Vos trabajaste de mozo en tu adolescencia, verdad? Podrías venir a atender el café por las tardes. ¿Qué tal marchan los estudios?- Ludwig está a punto de graduarse.
- Todo marcha de diez, gracias por preguntar. Y sí, sabés que me vendría genial un trabajo los fines de semana.
En ese instante, entró una mujer al bar. Cerró su sombrilla y miró hacia las mesas, todas vacías. Para mi sorpresa esto pareció alegrarla más que decepcionarla. Se sentó junto a Ludwig y yo le pregunté que iba a tomar, mientras le echaba una mirada a lo que traía puesto; llevaba una campera de jean desgastada y unos pantalones vaqueros. Combinaban bien con su cabello castaño y sus ojos cafés. Tenía el cabello corto y ligeramente ondulado. Sus zapatillas de gamuza estaban embarradas.
- Buenas noches. Me gustaría tomar un vaso de gancia con sprite.
- Al instante, señorita- le conteste, al tiempo que miraba de reojo a Ludwig. Por la expresión de su rostro supe que se estaba enamorando. Tal vez el fin de semana próximo vendría con un nuevo poema. Olvidé mencionar lo ingenuo y enamoradizo que es este muchacho.
La noche que lo conocí estaba algo deprimido. Caminaba por las calles desamparado cuando hoyó el solo de “Crazy train” flotando en el aire. Provenía de mi bar. El cartel rezaba: “Esta noche Karaoke metalero”. Decidió entrar y tomarse unos tragos.
Ese día llevaba
puesta su campera negra impermeable y debajo una remera beige toda lisa. Sus
jeans eran de esos que usan los skaters, y sus zapatillas tenían varios
agujeritos en la punta.
Eran alrededor de las 2:00 a.m. y Brem había cedido el escenario a regañadientes a los clientes casuales. Que por cierto cantaron la lista entera del karaoke una y otra vez, pues no habían muchas canciones que digamos. Personalmente, amé la voz de uno de los clientes que se animó a cantar: the trooper. Y estoy seguro de que Ludwig también. Me acuerdo que aplaudió bastante. El resto de las personas estallaron en silbidos y pataleos. Fue algo genial.
Cuando Ludwig entró por la puerta aquella noche y se sentó en la barra de espaldas a mi. Las demás mesas estaban todas llenas. Roy estaba entretenido escuchando a la gente cantar y jugando con una moneda. Me acerqué a Ludwig para preguntarle que iba a querer. El pidió una cerveza y después sacó un lápiz y una libretita. Mientras escuchaba una tras otra a las personas que iban subiendo al escenario, él iba escribiendo. De a ratos prestaba atención a la música y el meollo. Al momento siguiente parecía completamente hundido en sus pensamientos.
Como a los 30 minutos lo vi alzar la vista y suspirar como lo hace un estudiante luego de terminar una larga monografía. Había estado concentrado en sus escritos pero de alguna forma seguía atento a lo que ocurría a su alrededor. Me hizo llamar, y luego de arrancar la hoja me la obsequió diciendo: “quid pro quo, como diría el doctor Hannibal. Gracias por la cerveza, definitivamente voy a volver una de estas noches.”
Eran alrededor de las 2:00 a.m. y Brem había cedido el escenario a regañadientes a los clientes casuales. Que por cierto cantaron la lista entera del karaoke una y otra vez, pues no habían muchas canciones que digamos. Personalmente, amé la voz de uno de los clientes que se animó a cantar: the trooper. Y estoy seguro de que Ludwig también. Me acuerdo que aplaudió bastante. El resto de las personas estallaron en silbidos y pataleos. Fue algo genial.
Cuando Ludwig entró por la puerta aquella noche y se sentó en la barra de espaldas a mi. Las demás mesas estaban todas llenas. Roy estaba entretenido escuchando a la gente cantar y jugando con una moneda. Me acerqué a Ludwig para preguntarle que iba a querer. El pidió una cerveza y después sacó un lápiz y una libretita. Mientras escuchaba una tras otra a las personas que iban subiendo al escenario, él iba escribiendo. De a ratos prestaba atención a la música y el meollo. Al momento siguiente parecía completamente hundido en sus pensamientos.
Como a los 30 minutos lo vi alzar la vista y suspirar como lo hace un estudiante luego de terminar una larga monografía. Había estado concentrado en sus escritos pero de alguna forma seguía atento a lo que ocurría a su alrededor. Me hizo llamar, y luego de arrancar la hoja me la obsequió diciendo: “quid pro quo, como diría el doctor Hannibal. Gracias por la cerveza, definitivamente voy a volver una de estas noches.”
Se levantó del
asiento junto a la barra y se marchó. Yo leí el papel que me había dado (estaba
doblado a la mitad y en medio tenía un billete). El papel decía así:
Somos refugiados de guerra,
de andar solos por la vida
Tiempo es de encontrar una compañera
Pero antes, una última copa he de tomar
Afuera la soledad nos acecha
esperando con cualquiera irse a dormir.
aquí adentro todo el mundo aplaude,
olvidando por unas horas su amenaza.
Cigarros, música y cerveza
mientras el humo nos abraza
spektro manifiesta su emoción
spektro de madrugada nos salva
>> Ludwig saca una libretita del bolsillo, se la enseña a la mujer. Ella lo lee y se conmueve. Él la invita a leer un poco más. Entonces, los dos se alejan de la barra. Ahora charlan en una mesa de la esquina. Rojas chispas amenazan iniciar un fuego en los ojos de mi amigo.
La lluvia se detiene, al fin.
Ludwig.
Quieres volver a enamorarte. Ven a tomarte una copa a mi bar. Cántanos una de tus canciones favoritas en el escenario.
Anímate.



