martes, 25 de noviembre de 2014

Ludwig y sus poemas



 Un viernes por la noche llovió sobremanera. Por ende la clientela escaseó. Aunque sólo de clientes casuales. Porque los de siempre no tardarían en llegar. Nunca fallan.

 Ludwig había venido temprano ese viernes. Se sentó a la barra y compartimos una cerveza. Mientras bebíamos (siempre a tu salud, querido lector) nos hacíamos las preguntas que ya eran comunes en nuestras conversaciones; ¿qué libro has leído esta semana? ¿has escrito algo nuevo? ¿has tenido alguna cita? ¿cómo va el trabajo?.

 Ludwig es un poeta aficionado. Me contó que una vez lo llamaron Romeo barato, yo me reí. Él es muy sensible, por eso en seguida cambié de tema.
- ¿Qué te parece si contrato al servicio de internet? Así tenemos wi fi en el bar.
- No estaría nada mal. De esa manera podrías abrir un café por la tarde.
- ¡Excelente idea, Ludwig! Siempre quise mi propio café. ¿Vos trabajaste de mozo en tu adolescencia, verdad? Podrías venir a atender el café por las tardes. ¿Qué tal marchan los estudios?- Ludwig está a punto de graduarse.
- Todo marcha de diez, gracias por preguntar. Y sí, sabés que me vendría genial un trabajo los fines de semana.

 En ese instante, entró una mujer al bar. Cerró su sombrilla y miró hacia las mesas, todas vacías. Para mi sorpresa esto pareció alegrarla más que decepcionarla. Se sentó junto a Ludwig y yo le pregunté que iba a tomar, mientras le echaba una mirada a lo que traía puesto; llevaba una campera de jean desgastada y unos pantalones vaqueros. Combinaban bien con su cabello castaño y sus ojos cafés. Tenía el cabello corto y ligeramente ondulado. Sus zapatillas de gamuza estaban embarradas.

- Buenas noches. Me gustaría tomar un vaso de gancia con sprite.
- Al instante, señorita- le conteste, al tiempo que miraba de reojo a Ludwig. Por la expresión de su rostro supe que se estaba enamorando. Tal vez el fin de semana próximo vendría con un nuevo poema. Olvidé mencionar lo ingenuo y enamoradizo que es este muchacho.




 La noche que lo conocí estaba algo deprimido. Caminaba por las calles desamparado cuando hoyó el solo de “Crazy train” flotando en el aire. Provenía de mi bar. El cartel rezaba: “Esta noche Karaoke metalero”. Decidió entrar y tomarse unos tragos.
 Ese día llevaba puesta su campera negra impermeable y debajo una remera beige toda lisa. Sus jeans eran de esos que usan los skaters, y sus zapatillas tenían varios agujeritos en la punta.
 Eran alrededor de las 2:00 a.m. y Brem había cedido el escenario a regañadientes a los clientes casuales. Que por cierto cantaron la lista entera del karaoke una y otra vez, pues no habían muchas canciones que digamos. Personalmente, amé la voz de uno de los clientes que se animó a cantar: the trooper. Y estoy seguro de que Ludwig también. Me acuerdo que aplaudió bastante. El resto de las personas estallaron en silbidos y pataleos. Fue algo genial.

  Cuando Ludwig entró por la puerta aquella noche y se sentó en la barra de espaldas a mi. Las demás mesas estaban todas llenas. Roy estaba entretenido escuchando a la gente cantar y jugando con una moneda. Me acerqué a Ludwig para preguntarle que iba a querer. El pidió una cerveza y después sacó un lápiz y una libretita. Mientras escuchaba una tras otra a las personas que iban subiendo al escenario, él iba escribiendo. De a ratos prestaba atención a la música y el meollo. Al momento siguiente parecía completamente hundido en sus pensamientos.

 Como a los 30 minutos lo vi alzar la vista y suspirar como lo hace un estudiante luego de terminar una larga monografía. Había estado concentrado en sus escritos pero de alguna forma seguía atento a lo que ocurría a su alrededor. Me hizo llamar, y luego de arrancar la hoja me la obsequió diciendo: “quid pro quo, como diría el doctor Hannibal. Gracias por la cerveza, definitivamente voy  a volver una de estas noches.”
 Se levantó del asiento junto a la barra y se marchó. Yo leí el papel que me había dado (estaba doblado a la mitad y en medio tenía un billete). El papel decía así:

Somos refugiados de guerra,
de andar solos por la vida
Tiempo es de encontrar una compañera
Pero antes, una última copa he de tomar

Afuera la soledad nos acecha
esperando con cualquiera irse a dormir.
aquí adentro todo el mundo aplaude,
olvidando por unas horas su amenaza.

Cigarros, música y cerveza
mientras el humo nos abraza
spektro manifiesta su emoción
spektro de madrugada nos salva


 Aún conservo aquel papel. Enmarcado y colgado en una de las paredes del bar.

>> Ludwig saca una libretita del bolsillo, se la enseña a la mujer. Ella lo lee y se conmueve. Él la invita a leer un poco más. Entonces, los dos se alejan de la barra. Ahora charlan en una mesa de la esquina. Rojas chispas amenazan iniciar un fuego en los ojos de mi amigo.
 La lluvia se detiene, al fin.

 Ludwig.

 Quieres volver a enamorarte. Ven a tomarte una copa a mi bar. Cántanos una de tus canciones favoritas en el escenario.


                                                                                                                                                                      Anímate.


domingo, 9 de noviembre de 2014

Los Ratas y Roy



 Es sábado por la noche en el Spektro karaoke resto bar. Mi bar. Son las 3:20 a.m. Ya están todas las mesas ocupadas. Los contemplo desde la barra, y pienso que sería de mi sin estas personas.    Pero no te acostumbres tan rápido a estos habituales rostros, porque en el momento menos esperado aparece alguien nuevo.

 Es sábado por la noche en el Spektro; Roy saldrá en unos minutos a buscar pasajeros a la salida de los boliches (los fines de semana es cuando más se gana como taxista), Fabri y su banda están tocando ahora mismo uno de mis temas preferidos de Franz Ferdinand. Oh, si, una noche de rock alternativo. ¡Si supieras lo que me costó convencerlo de hacer covers de los Franz! Ludwig, mi buen amigo, dice que está terminando un poema titulado: “ella y la luna”. Es un tipo tierno, de ojos tristes y pícara sonrisa, según algunas chicas. Es un escritor aficionado, al igual que yo.
 Brem y sus amigas se marcharon hace un rato. Un musulmán, alto y delgado, acaba de entrar. Me saluda levantando las cejas y enfila para la mesa de Ludwig. Amro, el musulmán flaco y alto, es muy amigo de Ludwig. Creo que va a interrumpirlo y tendrá que terminar su poema mañana por la mañana, con toda la resaca encima. Bah, si Ludwig no es de tomar demasiado. Excepto por aquella vez… Puede que te lo cuente la próxima. No sé si dar a conocer esta anécdota sea de su agrado. Ludwig es un tipo bastante sensible. He de consultarle primero.

 Roy esta sentado en el asiento más alejado de la barra. De un momento a otro, se para y me hace un rápido gesto con la mano. Como diciendo: Nos vemos el próximo finde. Miro al resto de los clientes, todos casuales. Gente que acaba de descubrir Spektro. Como Roy hace un par de meses atrás. Y como Roy, estos clientes casuales se convertirán en habituales. Ojalá…




 >> -Bueno, verá. Todos los taxistas llevamos un arma blanca o un palo en el auto. Nunca se sabe cuando vas a toparte con unos crápulas como los que hoy me vine a encontrar- Me contaba Roy la noche que llegó a mi bar. Después de terminar el segundo vaso y de que Brem y sus amigas terminaran de sacar la basura (los 4 chicos iracundos que acababan de golpear).
 - Uno nunca sabe, en efecto, amigo- Le respondí, intentando limitarme a escuchar, como se supone que un cantinero debe de hacer.
- Momento, sírvame otro vaso, por favor- Yo obedecí, encogiéndome de hombros. Su mirada prometía que este sería el último- Gracias. Cómo iba diciendo, hace un par de horas lleve unos chicos para Sargento Keibral. Eran tres, de entre 24 y 29 años- Roy aparentaba 30, pero el fin de semana pasado me confesó que tiene 35 recién cumplidos.
- Jóvenes, en efecto, amigo- respondí, continuando con mi papel de fiel oyente.
- Si, y bastante hijos de puta…- Dijo, casi gritando, al tiempo que se tocaba el parche que tenía en la nariz. Un tanto rojo. Necesitaba que le aplicaran alguna clase de crema o no tardaría en volver a sangrar.
- Bueno, tal como acabamos de ver, la juventud viene barranca abajo- opiné.
- Verá, acabábamos de pasar la subida, y giré a la derecha, adentrándome en Sargento Keibral. Subí por la calle principal, mas o menos unas 3 cuadras y media. Bastante cerca del fondo. Me detengo en una esquina y paro el contador. Y a que no sabe ¿qué?
- Usted, dirá, Roy. Ni idea- contesté, comprimiendo mis oraciones. Pretendiendo sonar intrigado.
- Los pendejos hijos de su putísima madre intentaron salir corriendo. ¡Querían irse sin pagar!
- ¡Uh! ¿Y que hiciste vos?- esta vez mi voz no necesito fingir intriga.
- Me di la vuelta rápido. ¡Y agarré a uno por los pelos!
- ¡Eso! ¿Pero y los otros?
- Siguieron corriendo, o al menos eso me hicieron creer. Pero a este que tenía agarrado de las mechas lo tironee hacia el asiento de adelante, porque él venía sentado detrás del asiento del conductor. Le asenté unas buenas piñas en la boca y pera. Después lo baje del auto. Se había desmayado. Acababa de dejarlo tirado en medio de la calle cuando me llegó una pedrada por la espalda…
- ¡Dios! ¿Eran los otros dos, verdad, Roy?- Pregunté. Mierda, ahora sí que mi intriga no era fingida.
- Sólo uno, el otro debe de seguir corriendo- bromeó él.
- Bueno, ¿y qué pasó entonces?
- El dolor me hizo doblegarme y me aferré a la puerta, que estaba abierta, para no caer al suelo. ¡Pensé que iba a molerme a pedradas! No podía pararme. Llegó corriendo, sin piedras, para mi fortuna. Pero cuando quise incorporarme y meterme de nuevo en mi nave ¡zac! El infeliz me asesta un puntapié, duro y limpio en la nariz. Ya ve como quedé.
- ¡Por Júpiter! ¡Que hasta me parece sentir el dolor que debe de haber sentido usted en ese momento!- Roy me miró un tanto extrañado. Mi estúpida expresión le pareció que no lo estaba tomando en serio. Pero continuó.
-  Cómo sea, yo le grite: “¡No, pará!” Antes de que me pateara, pero ver a su amigo en el suelo debe haberlo llenado de rabia. Después de recibir esa patada caí hacia atrás, entre la puerta abierta y los pedales de mi coche. Y fue entonces cuando recordé. Mi machete.
-  ¿Qué?
- Mi machete estaba debajo del asiento del conductor.

 Roy me contó con lujo de detalles lo que pasó a continuación esa noche. Podría ponerme bastante gráfico. Creo que lo haré:
 Según me contó, cuando el pibe trató de golpearlo otra vez, Roy metió su mano por debajo del asiento y  la extrajo con un rápido movimiento de muñeca, esta vez empuñando el machete. Justo a tiempo para cortarle la camisa y algo más a su agresor. ¡Y es que por tan poco se salvó de no ser rebanado a la mitad!
 El chico se había frenado justo a tiempo, o no tanto. Tras ese desesperado contraataque de Roy, él muchacho dio unos pasos atrás. Se miró la camisa rasgada por debajo del ombligo. Se tocó el estomago, como verificando que aun seguía en una sola pieza. Mientras tanto, Roy extendía su mano, imponiendo distancia entre el todavía shockeado muchacho y él.

- Hacete para atrás, ¡dale! ¡Para atrás, pendejo!

 El chico no contestó nada. Una delgada línea de sangre apareció en su estómago. Roy estaba casi de pié. De pronto, él pibe gira sobre sus talones y corre hacia un montón de escombros. ¡Buscaba más munición el hijo de puta!

 El Taxista deja caer el machete al suelo. Temblando de dolor y miedo se sienta al volante. Enciende el motor y pone reversa. ¡Rápido, Roy! Una piedra impacta contra el parabrisas, ¡y otra! El tachero intenta girar el auto 180°. Pero lo consigue de manera muy torpe y lenta, nada es nunca como en las películas.
 Y recibiendo una última pedrada en el vidrio de atrás logra escapar.

 Roy.

 Así fue como el taxista, luego de aplicarse el mismo una venda, vino a parar al Spektro karaoke resto bar. Él necesitaba una cerveza. Y alguien dispuesto a escuchar. Yo. Su servidor. Mi nombre no es importante. Lo que importa es que hayas llegado a mi karaoke resto bar.

 Ludwig sigue riendo y charlando con Amro. El musulmán le comenta algo y Ludwig se sorprende. Después, le da unas palmadas en el hombro, como felicitándolo. Yo los observo sabiendo que en algún momento mi poeta favorito me contará de qué charlaban. Me sirvo un vaso de vodka con red bull y mucho hielo. ¡A tu salud! Ya va siendo hora de cerrar. No dejes de venir el próximo fin de semana. Buenas noches, querido lector casual.

viernes, 7 de noviembre de 2014

La Inauguración



 Las tres últimas noches estuvieron muy calurosas. Especiales para “birrear” como les gusta decir a mis amigos del bar. Ellos jamás se pierden una fin de semana en “Spektro”. Viernes, Sábados (y Domingos, para los mejores clientes) Spektro abre sus puertas e invita a los más solitarios y extravagantes personajes a tomarse un trago en mi humilde mesón. Aquí la diversión jamás tarda en llegar…





 Recuerdo inauguramos el bar y a las pocas noches instalamos el karaoke, desde entonces el lugar ha estado bastante lleno. También, recuerdo que esa noche empezaron a llegar más chicas (chicas bonitas, con dinero para gastar, no mochileras que “trabajan” en los semáforos haciendo malabares o escupiendo fuego). A eso de las 11:30 abrí las puertas. Y entre las 12:40 a.m. y las 1 llegó Roy…

 Roy maneja un taxi, lo que aquí llamamos remís. Los taxistas, sabrás bien, siempre tienen anécdotas con las cuales llenar esas primeras horas de la noche en las que el bar está vacío y esperamos impacientes a las niñas. Entre jarros de cerveza y nubes de humo.

 Él es un tipo tranquilo, como fui descubriendo con el correr de los días (cuando no se lo molesta ¿no somos así todos, acaso?). Sin embargo, esa noche estuvo agitada.

 Había un par de niñas cantando en el escenario. Sus aullidos despertaron a los vecinos, y al mismo tiempo atrajeron a jóvenes precoces de personalidades estúpidas, muy irascibles. Más de uno sería menor de edad aquella noche. Mientras escribía el poema a mi flor (“Tengo una flor”), entraron los muchachos en cuestión. Uno detrás de otro pasaron por la puerta y sus rostros fueron poniéndose rojos y de a ratos azules, por efecto de los juegos de luces. Que en realidad, estaban averiadas y necesitaban un arreglo lo antes posible. En fin, eso le da un toque característico al lugar… Al igual que sus clientes. Al igual que Roy, que entró a los pocos minutos con un parche en la nariz y el rostro mojado, no estoy seguro si era sudor solamente o agua. 

 Oh, estas chicas. Se embriagaron muy rápidamente. Y mientras estaban arriba del pequeño escenario fueron quedándose sin aliento para cantar. Fue entonces cuando comenzaron a contorsionar sus cuerpos de manera muy provocativa. La cosa se ponía buena. Los mocosos se ponían inquietos. Roy se sentó en la barra.

 ¡Mierda, estas chicas! El alcohol las traicionó, o yo que sé. Soy relativamente nuevo en esto de atender un bar. Desde mi punto de vista, el alcohol comenzaba a tomar decisiones por ellas. Se quitaban las remeras y yo ya no pude concentrarme en mi poema. Fue entonces cuando uno de los chicos (que se habían sentado en la mesa mas cercana al escenario, naturalmente) se levantó y estiró la mano para tantear los pechos de una de las niñas. No sé si ella no lo vió venir o se dejó tocar a propósito, quien sabe. Tendríamos que esperar unos años hasta que yo ganase un poco más de cancha (práctica) en el negocio para saber decirte lo que en verdad ocurrió.

 Ahora sí que Roy prestaba atención, pues antes del asalto de esa mano traviesa a las tetas de la muchacha él no había mirado ni de reojo siquiera al escenario. Pero ahora las ofendidas niñas insultaban y largaban patadas al “manos traviesas”. Los que todavía estaban sentados se pusieron de pie como resortes. ¿Quién lo diría? Ellos se levantaron con toda la intención de calmar las aguas. Pero uno no se mete con Brem, nuestra campeona femenina de boxeo amateur a todo lo largo y ancho del norte de Argentina. Si, señor.

 Aunque aquella noche de inauguración ninguno la conocíamos. Ahora ella y sus compañeras son  una de nuestras atracciones principales. ¡Si vieras esas piernas! ¡Esa cintura en acción! Esa carita tan tierna.

 Uno, dos. Puñetazos directos y el primer hombre al suelo. Tres, cuatro, paso atrás, cinco seis y los muchachos van apilándose y manchando mi impecable suelo con la sangre de sus labios. Un gancho al hígado al más grandote. ¡Y después un uppercut!

 Vuelan un par de vasos, un par de botellas, el líquido provoca un corto circuito en uno de mis parlantes. ¡La puta madre! Pero este espectáculo lo vale, pensé…
 Brem y sus amigas fueron sacando para afuera a los inconscientes muchachos. Los arrastran de las piernas, como si de cadáveres se tratase. 
 -Vuelvan pronto- me limité a decirles. Sin rencores, todo sea por pasar un rato divertido. Miro a Roy, entonces nuestros ojos se encuentran:

- Bonita pelea, ¿Eh, amigo?
- De esas que ya no se ven. Deme un vaso de cerveza, por favor.
- Claro, amigo. Aquí tiene. ¿Puedo preguntar que le pasó en la nariz?
- Los gajes del oficio. Verá, soy tachero- (Taxista).
- Me encantaría oír lo que tiene para contar. Espere, me sirvo un trago yo también.- Cuando me disponía a dar el primer sorbo, vi que Brem y sus amigas entraban por la puerta. Estaban de regreso.- Oh, aquí vienen las chicas de nuevo. Sin rencores, muchachas, sin rencores.- Brem me sonrió, al igual que sus amigas. Entonces supe que había encontrado al cuerpo de seguridad que necesitaba para mi bar.

- ¿Cómo fue que termino con un parche en la nariz, ehmm…?- Pregunté nuevamente dirigiéndome al taxista.
- Roy. Dígame, Roy.
- Curioso apodo, no lo olvidaré, Roy. Bueno, pues cuénteme…

 Y Roy con su vaso de cerveza en la mano me lo contó todo, pero esa es otra historia. El resto de la noche nos la pasamos conversando de lo bien que se veía Brem en el escenario y de como ella y sus dos amigas le habían dado una paliza a cuatro jovencitos. Con Brem no te metas. Pero si acaso te animas, prueba a romper el hielo con un vaso de whiskola (whisky con coca cola y dos hielos no demasiado grandes). Ven a conocerla. La encontraras los sábados después de su pelea. Muy seguramente festejando una victoria por K.O. Claro, en Spektro karaoke restobar.


lunes, 3 de noviembre de 2014

Nuestra peor canción








 Despierto sudando, tuve un turbio sueño no demasiado largo pero si perturbador. Y es que había un casete reproduciendo una infinita canción. Estaba junto a mí el maldito walkman y no podía yo hacer más que escuchar con mi oído bueno, pues atado pies y manos me hallaba en la oscuridad.
 Los intérpretes aúllan cantos que conozco muy bien, o mejor dicho que en una época conocí muy bien. Estalló el magma del volcán de mis recuerdos. Y todo por esas letras…

 Ahora que escucho nuevamente nuestra canción, me pregunto si fue alguna vez una buena idea haberla grabado. Que queden los recuerdos si nada más queda. “Grabémosla si eso te hace feliz, niñito caprichoso”. ¡Caprichoso! ¡Y Cuánto!
 Me tomó tiempo, pero al final acepté que la culpa fue toda mía. Alguien como yo no merece una segunda vida. Sino ser torturado con el ardiente magma de recuerdos.

 El walkman ni por piedad fingirá quedarse sin baterías. Ni la cinta querrá acabar.
 Y los intérpretes me cantan:

- ¿Es acaso raro sentir que quieres a alguien que acabas de conocer?
- No lo sé, ¿es raro que quiera pasar el resto de mis días contigo?
- Eso es más bien dulce, escápate conmigo. ¿Alguna vez escuchaste esa canción “huyamos de este mundo de horror”?
- Eres tan extravagante…
- Eres tan hermosa. Te amo.
- Eres muy cargoso. Y tonto, y celoso, caprichoso y…

 Cuando la cantante quiso terminar su frase el aparato comenzó a emitir estática, pero es algo que de seguro pasé por alto cuando la grabamos en nuestro estudio virtual. Ahora que presto atención, ahora que te perdí, ahora es cuando puedo escuchar más claramente tu voz al cantar esas líneas, y decías así:

- … vas a arruinarlo todo. Me haces daño cuando no confías en mí. Me haces daño cuando te hablo de mis problemas y lo único que de ti obtengo son reproches. Me estás haciendo mierda. Bloque por bloque voy construyendo mi monumento de amor a ti. A ti que día a día vas martillándolos y no descansarás hasta verlo reducido a escombros.

 Y con escombros me quedé.

 Pudimos haber hecho de esta canción una exitosa balada romántica. Pero soy un monstruo. “Vas a arruinarlo todo…”. Sí, mi amor. Tuya fue siempre la razón. Lo arruiné todo. Pudo ser todo un hit, si este hombre que la escucha hoy, no hubiese sido un niño en aquel entonces. Te amo, y odio al radio hijo de puta que no cesará de sonar.  Empiezo a entender porque me dejaste. Empiezo a llorar. Empiezo a crecer. Y empieza la canción otra vez…

 ¡Entonces, desperté! Todo fue un sueño nada más. ¡Que digo sueño! ¡Si esto fue una pesadilla! ¿A dónde estás, amada mía? Oh, saliste a comprar una botella de vino para el almuerzo…
 Por favor no tardes demasiado en regresar.
                                                                                                                                                    
                                                                                                                                     Por favor no tardes.