Es sábado por la
noche en el Spektro karaoke resto bar. Mi bar. Son las 3:20 a.m. Ya están todas
las mesas ocupadas. Los contemplo desde la barra, y pienso que sería de mi sin
estas personas. Pero no te acostumbres
tan rápido a estos habituales rostros, porque en el momento menos esperado
aparece alguien nuevo.
Es sábado por la
noche en el Spektro; Roy saldrá en unos minutos a buscar pasajeros a la salida
de los boliches (los fines de semana es cuando más se gana como taxista), Fabri
y su banda están tocando ahora mismo uno de mis temas preferidos de Franz
Ferdinand. Oh, si, una noche de rock alternativo. ¡Si supieras lo que me costó
convencerlo de hacer covers de los Franz! Ludwig, mi buen amigo, dice que está
terminando un poema titulado: “ella y la luna”. Es un tipo tierno, de ojos tristes
y pícara sonrisa, según algunas chicas. Es un escritor aficionado, al igual que
yo.
Brem y sus amigas se
marcharon hace un rato. Un musulmán, alto y delgado, acaba de entrar. Me saluda
levantando las cejas y enfila para la mesa de Ludwig. Amro, el musulmán flaco y
alto, es muy amigo de Ludwig. Creo que va a interrumpirlo y tendrá que terminar
su poema mañana por la mañana, con toda la resaca encima. Bah, si Ludwig no es
de tomar demasiado. Excepto por aquella vez… Puede que te lo cuente la próxima.
No sé si dar a conocer esta anécdota sea de su agrado. Ludwig es un tipo
bastante sensible. He de consultarle primero.
Roy esta sentado en
el asiento más alejado de la barra. De un momento a otro, se para y me hace un
rápido gesto con la mano. Como diciendo: Nos vemos el próximo finde. Miro al
resto de los clientes, todos casuales. Gente que acaba de descubrir Spektro.
Como Roy hace un par de meses atrás. Y como Roy, estos clientes casuales se
convertirán en habituales. Ojalá…
>> -Bueno,
verá. Todos los taxistas llevamos un arma blanca o un palo en el auto. Nunca se
sabe cuando vas a toparte con unos crápulas como los que hoy me vine a
encontrar- Me contaba Roy la noche que llegó a mi bar. Después de terminar el
segundo vaso y de que Brem y sus amigas terminaran de sacar la basura (los 4
chicos iracundos que acababan de golpear).
- Uno nunca sabe, en efecto, amigo- Le respondí, intentando limitarme a escuchar, como se supone que un cantinero debe de hacer.
- Momento, sírvame otro vaso, por favor- Yo obedecí, encogiéndome de hombros. Su mirada prometía que este sería el último- Gracias. Cómo iba diciendo, hace un par de horas lleve unos chicos para Sargento Keibral. Eran tres, de entre 24 y 29 años- Roy aparentaba 30, pero el fin de semana pasado me confesó que tiene 35 recién cumplidos.
- Jóvenes, en efecto, amigo- respondí, continuando con mi papel de fiel oyente.
- Si, y bastante hijos de puta…- Dijo, casi gritando, al tiempo que se tocaba el parche que tenía en la nariz. Un tanto rojo. Necesitaba que le aplicaran alguna clase de crema o no tardaría en volver a sangrar.
- Bueno, tal como acabamos de ver, la juventud viene barranca abajo- opiné.
- Verá, acabábamos de pasar la subida, y giré a la derecha, adentrándome en Sargento Keibral. Subí por la calle principal, mas o menos unas 3 cuadras y media. Bastante cerca del fondo. Me detengo en una esquina y paro el contador. Y a que no sabe ¿qué?
- Usted, dirá, Roy. Ni idea- contesté, comprimiendo mis oraciones. Pretendiendo sonar intrigado.
- Los pendejos hijos de su putísima madre intentaron salir corriendo. ¡Querían irse sin pagar!
- ¡Uh! ¿Y que hiciste vos?- esta vez mi voz no necesito fingir intriga.
- Me di la vuelta rápido. ¡Y agarré a uno por los pelos!
- ¡Eso! ¿Pero y los otros?
- Siguieron corriendo, o al menos eso me hicieron creer. Pero a este que tenía agarrado de las mechas lo tironee hacia el asiento de adelante, porque él venía sentado detrás del asiento del conductor. Le asenté unas buenas piñas en la boca y pera. Después lo baje del auto. Se había desmayado. Acababa de dejarlo tirado en medio de la calle cuando me llegó una pedrada por la espalda…
- ¡Dios! ¿Eran los otros dos, verdad, Roy?- Pregunté. Mierda, ahora sí que mi intriga no era fingida.
- Sólo uno, el otro debe de seguir corriendo- bromeó él.
- Bueno, ¿y qué pasó entonces?
- El dolor me hizo doblegarme y me aferré a la puerta, que estaba abierta, para no caer al suelo. ¡Pensé que iba a molerme a pedradas! No podía pararme. Llegó corriendo, sin piedras, para mi fortuna. Pero cuando quise incorporarme y meterme de nuevo en mi nave ¡zac! El infeliz me asesta un puntapié, duro y limpio en la nariz. Ya ve como quedé.
- ¡Por Júpiter! ¡Que hasta me parece sentir el dolor que debe de haber sentido usted en ese momento!- Roy me miró un tanto extrañado. Mi estúpida expresión le pareció que no lo estaba tomando en serio. Pero continuó.
- Cómo sea, yo le grite: “¡No, pará!” Antes de que me pateara, pero ver a su amigo en el suelo debe haberlo llenado de rabia. Después de recibir esa patada caí hacia atrás, entre la puerta abierta y los pedales de mi coche. Y fue entonces cuando recordé. Mi machete.
- ¿Qué?
- Mi machete estaba debajo del asiento del conductor.
Roy me contó con lujo de detalles lo que pasó a continuación esa noche. Podría ponerme bastante gráfico. Creo que lo haré:
Según me contó, cuando el pibe trató de golpearlo otra vez, Roy metió su mano por debajo del asiento y la extrajo con un rápido movimiento de muñeca, esta vez empuñando el machete. Justo a tiempo para cortarle la camisa y algo más a su agresor. ¡Y es que por tan poco se salvó de no ser rebanado a la mitad!
El chico se había frenado justo a tiempo, o no tanto. Tras ese desesperado contraataque de Roy, él muchacho dio unos pasos atrás. Se miró la camisa rasgada por debajo del ombligo. Se tocó el estomago, como verificando que aun seguía en una sola pieza. Mientras tanto, Roy extendía su mano, imponiendo distancia entre el todavía shockeado muchacho y él.
- Hacete para atrás, ¡dale! ¡Para atrás, pendejo!
- Uno nunca sabe, en efecto, amigo- Le respondí, intentando limitarme a escuchar, como se supone que un cantinero debe de hacer.
- Momento, sírvame otro vaso, por favor- Yo obedecí, encogiéndome de hombros. Su mirada prometía que este sería el último- Gracias. Cómo iba diciendo, hace un par de horas lleve unos chicos para Sargento Keibral. Eran tres, de entre 24 y 29 años- Roy aparentaba 30, pero el fin de semana pasado me confesó que tiene 35 recién cumplidos.
- Jóvenes, en efecto, amigo- respondí, continuando con mi papel de fiel oyente.
- Si, y bastante hijos de puta…- Dijo, casi gritando, al tiempo que se tocaba el parche que tenía en la nariz. Un tanto rojo. Necesitaba que le aplicaran alguna clase de crema o no tardaría en volver a sangrar.
- Bueno, tal como acabamos de ver, la juventud viene barranca abajo- opiné.
- Verá, acabábamos de pasar la subida, y giré a la derecha, adentrándome en Sargento Keibral. Subí por la calle principal, mas o menos unas 3 cuadras y media. Bastante cerca del fondo. Me detengo en una esquina y paro el contador. Y a que no sabe ¿qué?
- Usted, dirá, Roy. Ni idea- contesté, comprimiendo mis oraciones. Pretendiendo sonar intrigado.
- Los pendejos hijos de su putísima madre intentaron salir corriendo. ¡Querían irse sin pagar!
- ¡Uh! ¿Y que hiciste vos?- esta vez mi voz no necesito fingir intriga.
- Me di la vuelta rápido. ¡Y agarré a uno por los pelos!
- ¡Eso! ¿Pero y los otros?
- Siguieron corriendo, o al menos eso me hicieron creer. Pero a este que tenía agarrado de las mechas lo tironee hacia el asiento de adelante, porque él venía sentado detrás del asiento del conductor. Le asenté unas buenas piñas en la boca y pera. Después lo baje del auto. Se había desmayado. Acababa de dejarlo tirado en medio de la calle cuando me llegó una pedrada por la espalda…
- ¡Dios! ¿Eran los otros dos, verdad, Roy?- Pregunté. Mierda, ahora sí que mi intriga no era fingida.
- Sólo uno, el otro debe de seguir corriendo- bromeó él.
- Bueno, ¿y qué pasó entonces?
- El dolor me hizo doblegarme y me aferré a la puerta, que estaba abierta, para no caer al suelo. ¡Pensé que iba a molerme a pedradas! No podía pararme. Llegó corriendo, sin piedras, para mi fortuna. Pero cuando quise incorporarme y meterme de nuevo en mi nave ¡zac! El infeliz me asesta un puntapié, duro y limpio en la nariz. Ya ve como quedé.
- ¡Por Júpiter! ¡Que hasta me parece sentir el dolor que debe de haber sentido usted en ese momento!- Roy me miró un tanto extrañado. Mi estúpida expresión le pareció que no lo estaba tomando en serio. Pero continuó.
- Cómo sea, yo le grite: “¡No, pará!” Antes de que me pateara, pero ver a su amigo en el suelo debe haberlo llenado de rabia. Después de recibir esa patada caí hacia atrás, entre la puerta abierta y los pedales de mi coche. Y fue entonces cuando recordé. Mi machete.
- ¿Qué?
- Mi machete estaba debajo del asiento del conductor.
Roy me contó con lujo de detalles lo que pasó a continuación esa noche. Podría ponerme bastante gráfico. Creo que lo haré:
Según me contó, cuando el pibe trató de golpearlo otra vez, Roy metió su mano por debajo del asiento y la extrajo con un rápido movimiento de muñeca, esta vez empuñando el machete. Justo a tiempo para cortarle la camisa y algo más a su agresor. ¡Y es que por tan poco se salvó de no ser rebanado a la mitad!
El chico se había frenado justo a tiempo, o no tanto. Tras ese desesperado contraataque de Roy, él muchacho dio unos pasos atrás. Se miró la camisa rasgada por debajo del ombligo. Se tocó el estomago, como verificando que aun seguía en una sola pieza. Mientras tanto, Roy extendía su mano, imponiendo distancia entre el todavía shockeado muchacho y él.
- Hacete para atrás, ¡dale! ¡Para atrás, pendejo!
El chico no contestó
nada. Una delgada línea de sangre apareció en su estómago. Roy estaba casi de
pié. De pronto, él pibe gira sobre sus talones y corre hacia un montón de
escombros. ¡Buscaba más munición el hijo de puta!
El Taxista deja caer el machete al suelo. Temblando de dolor y miedo se sienta al volante. Enciende el motor y pone reversa. ¡Rápido, Roy! Una piedra impacta contra el parabrisas, ¡y otra! El tachero intenta girar el auto 180°. Pero lo consigue de manera muy torpe y lenta, nada es nunca como en las películas.
Y recibiendo una última pedrada en el vidrio de atrás logra escapar.
Roy.
Así fue como el taxista, luego de aplicarse el mismo una venda, vino a parar al Spektro karaoke resto bar. Él necesitaba una cerveza. Y alguien dispuesto a escuchar. Yo. Su servidor. Mi nombre no es importante. Lo que importa es que hayas llegado a mi karaoke resto bar.
Ludwig sigue riendo y charlando con Amro. El musulmán le comenta algo y Ludwig se sorprende. Después, le da unas palmadas en el hombro, como felicitándolo. Yo los observo sabiendo que en algún momento mi poeta favorito me contará de qué charlaban. Me sirvo un vaso de vodka con red bull y mucho hielo. ¡A tu salud! Ya va siendo hora de cerrar. No dejes de venir el próximo fin de semana. Buenas noches, querido lector casual.
El Taxista deja caer el machete al suelo. Temblando de dolor y miedo se sienta al volante. Enciende el motor y pone reversa. ¡Rápido, Roy! Una piedra impacta contra el parabrisas, ¡y otra! El tachero intenta girar el auto 180°. Pero lo consigue de manera muy torpe y lenta, nada es nunca como en las películas.
Y recibiendo una última pedrada en el vidrio de atrás logra escapar.
Roy.
Así fue como el taxista, luego de aplicarse el mismo una venda, vino a parar al Spektro karaoke resto bar. Él necesitaba una cerveza. Y alguien dispuesto a escuchar. Yo. Su servidor. Mi nombre no es importante. Lo que importa es que hayas llegado a mi karaoke resto bar.
Ludwig sigue riendo y charlando con Amro. El musulmán le comenta algo y Ludwig se sorprende. Después, le da unas palmadas en el hombro, como felicitándolo. Yo los observo sabiendo que en algún momento mi poeta favorito me contará de qué charlaban. Me sirvo un vaso de vodka con red bull y mucho hielo. ¡A tu salud! Ya va siendo hora de cerrar. No dejes de venir el próximo fin de semana. Buenas noches, querido lector casual.

No hay comentarios:
Publicar un comentario